La película Elephant se filmó en 2003, poco después de la tragedia de Columbine (1999), que cambió la mentalidad de Estados Unidos y el mundo sobre la seguridad escolar. Tras este suceso, la sociedad se sumergió en un debate intenso y a menudo caótico, intentando desesperadamente encontrar una explicación lógica a un acto que carecía de ella.
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Las víctimas
A través de las tomas prolongadas, el director nos obliga a memorizar involuntariamente el mapa del edificio es la forma en que sirven para que el espectador aprenda de memoria la geografía de la escuela. Conocemos dónde está la biblioteca, la cafetería y los vestidores, por lo tanto, la violencia se siente mucho más real, pues al saber exactamente dónde están las salidas y hacia dónde conducen los pasillos, compartimos la desesperación de quienes se encuentran atrapados en un laberinto que ya no tiene escape.
La película nos obliga a reconocer que la víctima no es un concepto estadístico, sino una trayectoria de vida interrumpida. La tragedia no radica solo en la muerte, sino en la aniquilación de un futuro que hasta segundos antes, estaba lleno de planes y preocupaciones adolescentes.
Los tiradores
Alex y Eric, se alejan de las tipologías criminales convencionales para centrarse en una desconexión con su entorno. A diferencia de otros relatos que buscan una causa única, como el acoso escolar o la influencia de los medios, Gus Van Sant los presenta como figuras vacías. Su identidad no se construye a través del odio explícito, sino que operan con la precisión de quien sigue un manual de instrucciones, convirtiendo el acto del asesinato en una extensión de sus videojuegos o de sus prácticas de tiro informales.
Al retratarlos en espacios cotidianos como cuando están tocando el piano o esperando un paquete por correo, observamos una dualidad bastante perturbadora, son capaces de apreciar la belleza de una pieza musical mientras mapean fríamente los puntos de mayor concentración de estudiantes en la cafetería. Este contraste sugiere que el mal no es una interrupción de su vida cotidiana, sino un componente integrado en ella.
Reflexión
Al observar esos segundos que se hacen eternos, caemos en una trampa de suspenso: sabemos que la tragedia es inevitable, pero la cámara nos muestra cómo alguien desarrolla un rollo fotográfico o cómo unas chicas almuerzan en la cafetería. Esta decisión genera una desesperación única, pues nos obliga a dar valor a momentos triviales que sabemos que están a punto de ser aniquilados.
al ver esta película sentí constante suspenso y en ocasiones desesperación, pues en cada perspectiva se daba a entender que algo estaba por ocurrir pero no llegaba el momento. Sentí que las escenas y los segundos se hacían eternos, ya que comparación de otras películas que abordan los atentados escolares, suelen centrarse en el las afectaciones emocionales o el proceso que viven los sobrevivientes tras el incidente, o la adaptación de las familias que sufrieron perdidas.
Vannia Danett Zamudio Gómez
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