jueves, 4 de junio de 2026

La semilla del fruto sagrado (1969)

El cine iraní ha sido, desde hace décadas, un fructífero espacio para la resistencia y la creatividad frente a la censura que se vive en el mencionado país. Más allá de los nombres más conocidos, conviene recordar a Dariush Mehrjui, cuya película La vaca (1969) inauguró el llamado “nuevo cine iraní” con una mirada crítica sobre la vida rural y la alienación, o a Bahman Ghobadi, que con Un tiempo para los caballos borrachos (2000) retrató la dureza de la vida kurda en la frontera. Estos ejemplos muestran cómo la cinematografía iraní ha sabido conjugar denuncia social y sensibilidad estética, convirtiéndose en una de las más premiadas en festivales internacionales.



La trama se sitúa en un Irán donde la tensión entre tradición y modernidad se refleja no solo en las protestas de jóvenes que inundan las calles, sino en los espacios domésticos, en las relaciones vecinales y en la educación de los hijos. El hogar de los protagonistas no es solo una metáfora del Estado, sino también un montón de valores contradictorios: la obediencia frente a la rebeldía, la fe frente a la duda, la seguridad frente a la libertad.

La historia se articula en torno a Iman, un funcionario que asciende a juez para despupes darse cuenta de la nula libertad que tenía para cumplir con su papel según los ideales que había seguido toda su vida. Su esposa Najmeh y sus hijas viven en una buena casa, con buena comida, sin que les falte nada y llendo cada cual, a la escuela, pero bajo las estrictas ordenes de su padre. La desaparición de la pistola de Iman desencadena un clima de paranoia, pero la película también muestra otros sucesos relevantes: las hijas participan en protestas estudiantiles, enfrentando el riesgo de ser detenidas; Najmeh se ve presionada por familiares y vecinos para mantener la unidad del hogar; y la comunidad observa con recelo el comportamiento del padre, intensificando la sensación de aislamiento.


Mohammad Rasoulof no es solo un cineasta reconocido internacionalmente, sino también un creador que ha vivido en carne propia la censura y la persecución del régimen iraní. A lo largo de su carrera ha enfrentado prohibiciones de rodar, arrestos y la confiscación de su pasaporte, lo que lo ha obligado a trabajar en condiciones de clandestinidad. Este contexto convierte cada una de sus películas en un acto de resistencia.

Es relevante subrayar cómo Rasoulof ha desarrollado un estilo marcado por la tensión entre lo íntimo y lo político. Sus películas no buscan grandes gestos épicos, sino que se concentran en la vida cotidiana: en las conversaciones familiares, en los silencios, en los objetos domésticos que se cargan de significado. Esa mirada convierte lo ordinario en símbolo de la represión y lo doméstico en metáfora del Estado.



El feminismo aporta un ángulo esencial. Las hijas representan la resistencia juvenil y femenina frente al patriarcado, cuestionando la autoridad del padre y el sistema que lo respalda. Son ellas quienes encarnan la posibilidad de ruptura, quienes se atreven a desafiar el orden establecido y a imaginar un futuro distinto. Najmeh, la madre, encarna la ambivalencia de muchas mujeres que sostienen el orden patriarcal pero también sufren sus consecuencias. La película distingue el mundo femenino como un espacio de resistencia silenciosa, donde la solidaridad y la conciencia crítica germinan frente a la violencia masculina.

Es el papel de Najmeh, a mi parecer, el más complejo e interesante, pues ella es el puente entre la autoridad del padre y la rebeldía de las hijas. Su psicología se construye en la tensión entre proteger a su familia y sostener el orden que la oprime. Najmeh es consciente de la violencia que ejerce Iman, pero también sabe que desafiarlo directamente podría poner en riesgo la estabilidad del hogar. Su resistencia es más sutil: se manifiesta en gestos de cuidado hacia las hijas, en silencios que contienen una crítica implícita, en la manera en que intenta mediar entre el poder masculino y la necesidad de libertad. Najmeh encarna la figura de la mujer que, atrapada en un sistema patriarcal, busca sobrevivir sin renunciar del todo a su dignidad. Su deterioro emocional es distinto al de Iman: mientras él se consume en la paranoia, ella se desgasta en la negociación constante, en el esfuerzo por sostener un equilibrio imposible.

El mensaje final de la película es que la transformación social requiere reconocer la capacidad de las mujeres y de las nuevas generaciones para desafiar las estructuras de control. La semilla que da título a la película no es únicamente símbolo de represión, sino también de posibilidad: la idea de que, incluso en los terrenos más áridos, puede germinar un futuro distinto si se cultiva con dignidad, solidaridad y memoria.



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