Dirigida por Gus Van Sant, no es una película del tipo convencional sobre algo lamentablemente muy común en las últimas décadas como lo es un tiroteo escolar; es un ejercicio de observación minuciosa y poética. Inspirada en la masacre de Columbine perpetrada en 1999 siendo un caso criminal muy conocido y antes mencionado en múltiples productos audiovisuales, la cinta se aleja del amarillismo para sumergirnos en la cotidianidad suspendida de un día que parece no terminar, tal como se estima que fue la desesperante situación para las verdaderas víctimas.
El juego de perspectivas y el tiempo en bucle:
Lo mejor del filme es su estructura no lineal. Utilizando la
técnica de la perspectiva múltiple ofrece esta historia contada varias veces
con un detalle tan limpio pero realista, que donde un hecho converge ante distintos
puntos de vista se repite tal cual y acorde a la persona que nos pretende dar
su testimonio. A su vez, al ver la misma escena varias veces, la película nos
dice que la realidad es subjetiva. Cada estudiante tiene su propio universo,
mientras para uno, el momento es insignificante, para otro es el preludio de su
muerte. Este recurso genera una sensación de que la tragedia es inevitable y da
impotencia. Los planos eternos donde los seguimos por la espalda nos convierten
en sombras de los personajes o espectadores forzados. No hay cortes rápidos la
cámara flota, dándonos una sensación de paz que contrasta violentamente con el
horror que sabemos que vendrá.
Personajes como metáforas del ecosistema escolar:
Los protagonistas no son necesariamente individuos
complejos, sino representaciones de roles jerárquicos y estereotípicos en una
preparatoria estadounidense.
Primero está Eli (El
Fotógrafo): Representa al observador sensible y el talento que se pudo perder
entre las víctimas. Su cámara es un filtro entre él y la realidad, capturando
la belleza efímera antes del caos.
Después está John (El chico popular): Representa la
fragilidad de la estructura familiar. A pesar de su apariencia, carga con la
responsabilidad de un padre irresponsable y alcohólico. Curiosamente es el
primero en notar que algo anda mal.
En otro momento vemos
a Michelle (La chica insegura): Encarna el trauma del cuerpo y el acoso sutil.
Su comportamiento retraído y su timidez extrema la convierten en una metáfora
del aislamiento emocional, su forma de morir no le dio tiempo ni de reaccionar.
Finalmente están las tres amigas : Representan la
superficialidad y la presión estética. Su ciclo de comer y vomitar simboliza un
entorno que consume y desecha a los jóvenes según su apariencia, además que en
su charla vacía se percibía cierta desconexión e inmadurez, una exageración del
adolescente promedio.
Los perpetradores, su motivación y el vacío:
Alex y Eric son presentados no como monstruos, sino como
muertos en vida. La película evita darnos una sola respuesta psicológica o
esperanza o solución porque no la hay, pero nos deja pistas visuales sobre su
desapego y cuáles fueron sus móviles:
Su vida se resume en
que juegan videojuegos sobre disparos, ven documentales sobre el nazismo y
compran armas por internet con la misma naturalidad con la que tocan el piano,
es decir, consumen e internalizan violencia. Lo más frustrante es que su mayor
motivación no parece ser una venganza clara, sino un deseo de sentir algo o de
tener el control total sobre un sistema que los ignora. Su comportamiento es
robótico, desprovisto de la euforia que solemos ver en el cine de acción.
El clímax en la cafetería y los pasillos es aterrador por su
silencio y frialdad. La interacción final, especialmente la escena en la cámara
frigorífica con Alex es una metáfora de la aleatoriedad de la muerte. No hay un
gran discurso final, solo un juego de tin marín de vida o muerte. Los
perpetradores no ven a sus compañeros como personas, sino como objetivos en un
mapa, lo que subraya la deshumanización absoluta, incluso uno de ellos acaba
con su amigo y parece que, así como la historia, las masacres en estados unidos
aún no tienen fin.
Opinión Personal:
Para mí, Elephant es profundamente incómoda porque se niega
a darnos el consuelo de una explicación simple. El título hace referencia a la
frase "el elefante en la habitación": algo tan grande que nadie
quiere ver y así de grotesco es el tema de los tiroteos.
Lo que más me impacta es cómo el director logra que la
belleza de la luz solar entrando por las ventanas y la calma de los pasillos se
sientan como una amenaza. Es una obra que te deja con un nudo en la garganta y pensando,
no por lo que muestra (en parte sí porque es violento, pero seco), sino por lo
que nos dice sobre la deshumanización y es que, aunque estemos todos en el
mismo edificio, en realidad estamos a kilómetros de distancia los unos de los
otros. Es una experiencia visual que se siente más como una pesadilla que como
una película.

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